Cuestionarnos.
Esperábamos en la puerta del teatro para ver la obra, un joven perseguía a la concurrencia pidiendo monedas para un boleto. Nadie lo miraba, nadie le prestaba atención, gritaba, era molesto y perseverante en solicitud.
Ingresamos a la sala, luego de los agradecimientos y pedido de apagar el celular aparece en escena el presentador que indica al público las reacciones a tener acordes a la sensibilidad presentada por la obra. Letras en neón sobre una pantalla contribuyen al involucramiento de forma explícita de los espectadores, que en forma obsecuente cumple sus indicaciones, desnudando así nuestras fragilidad frente a la manipulación.
El vestuario difiere por su colorido estridente de las propuestas vistas anteriormente, cuya paleta es oscura, sobria y hasta falta de limpieza.
Los rostros están pintados como payasos donde los papeles principales presentan alegría y los otros, por el contrario tristeza.
Su director David Gaitan introduce colores estridentes tal vez un guiño a la cultura mexicana, o el circo en el que nos encontramos como sociedad.
Los mendigos salen y entran arrastrándose de escena, mientras que los que tienen poder ingresan de pie.
Todo ejemplifica la corrupción política, el abuso de niños y jóvenes, la explotación sexual de mujeres.
El hambre como vehículo de la burguesía para perpetuar sus privilegios obligando a la degradación de los vulnerables.
Las actuaciones, las voces, la orquesta muy buenas como nos tienen acostumbrados en esta temporada.
Los clásicos lo son por su vigencia, Bertold Brecht de la mano del Director David Gaitan reafirman la idea que los humanos seguimos cometiendo los mismos errores, sujetos a la manipulación, alejados de la solidaridad y el amor.
Finalizada la obra, salimos y en la calle no se encontraba el joven mendigo que nos recibía , quizás fortuitamente al ingreso.
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