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Edipo / Andrés Lima

 


Para qué voy a escribir yo si la profe lo hace perfecto:

MARIA ESTHER BURGUEÑO 

Publicado en Relaciones julio 2023


Acá les dejo mi crítica de Edipo Rey en Relaciones de este mes 

EL TEMPLE DEL INSTRUMENTO


 Edipo Rey de Sófocles, versión de Alfredo Sanzol y Andrés Lima. DE LA CIUDAD A ESTA CIUDAD Tres directores y dramaturgos españoles de primera línea -Alfredo Sanzol, Miguel del Arco y Andrés Lima- fundaron un grupo llamado Teatro de la Ciudad y en la sala del Teatro de la Abadía pusieron en escena un proyecto basado en la tragedia griega. En Grecia nacieron la polis y el teatro occidental, así que se cerraba el círculo con la presentación de Medea con dirección de Andrés Lima, Edipo Rey con dirección de Sanzol y Antígona con dirección de Del Arco. Andrés Lima había conocido Montevideo a través de Mariana Percovich, con la cual compartió una residencia en el Royal Court Theatre de Londres. Allí hablaron de los proyectos de Percovich quien muchas veces tocó en sus creaciones a los trágicos. Recordemos su versión de Clitemnestra de 2012 en Paullier y Guaná con Iván Solarich y Marisa Bentancur, o su Yocasta de 2066 que viera la luz en el Espacio Cervantes con Elisa Contreras y Mariana Figueroa, su Medea del Olimar, que en 2009 estrenara en un pub de la Ciudad Vieja con Berta Moreno como la protagonista. Lima viajó a Uruguay para pensar en una obra en común, pero por problemas de salud de la dramaturga, su colaboración quedó pendiente. Una llamada telefónica de Gabriel Calderón invitándolo a unirse al ciclo 2023 de la Comedia, “Nuevos Clásicos” reactivó la posibilidad de la acción conjunta y a fines de 2022 Lima ya había aceptado ser parte de la temporada e inició una serie de contactos presenciales y virtuales con el elenco oficial con el fin de montar el Edipo Rey de Sófocles pero basándose en la versión de Sanzol y agregando a la mezcla las implicancias de Séneca, el dramaturgo latino del siglo I que reescribiera varias de las obras griegas pero con la particular impronta del teatro romano que se asentaba en una visión más cruel y menos piadosa del mundo. ¿POR QUÉ EDIPO REY? Cuando los docentes le explicamos a nuestros alumnos los pasos que el héroe trágico debe recorrer en la tragedia para cumplir con su destino, según la Poética de Aristóteles, solemos recurrir al ejemplo de Edipo porque es el que más perfectamente viaja desde su situación inicial de felicidad hasta la caída absoluta, a causa de la culpa de la que el héroe puede o no ser consciente. Quizás es por esa perfección del modelo que Lima cree que Sófocles es el padre del teatro occidental y Edipo una historia tan nueva que es casi innecesario adaptarla. No solo le parecen actuales las vicisitudes del héroe sino sus emociones, sus reacciones, su lenguaje que a Lima le parece similar al de las películas de Scorsese. Pero debemos advertir la intención de huir del tópico psicoanalítico que traslada el nombre de Edipo a su mitema freudiano “complejo de”. Para Lima esto es una facilidad imperdonable y nos recuerda cómo Sófocles ya naturalizaba lo que Freud proclamaría en el Siglo XX. Nos recuerda las palabras de Yocasta. “Son muchos los mortales que en sueños se han acostado con su madre, pero sólo aquellos que han sabido no darle importancia han vivido de manera feliz.” El foco para el director debe estar puesto en el autoconocimiento. Así lo indica en el programa de mano, así lo subraya la puesta, así se anuncia con la figura de un ojo, dos ojos, todos los ojos rotos y ensangrentados por mirar en el abismo interior y descubrir que somos capaces de cosas terribles. O que no tenemos idea de quiénes somos allá en el fondo. Un poema de Washington Benavídez -musicalizado por Eduardo Darnauchanshabla de ese asunto. Dice “Conocerse claro está que necesita su tiempo, con años que albañilean y años de derrumbamiento”. Aquí está el punto que encuentra Lima para desarrollar su puesta. Desde el ciclo Labdácida sabemos que el destino de sangre – alástor- de los griegos caerá sobre esta familia al menos por tres generaciones. Layo, padre de Edipo, ha violado la hospitalidad al abusar de Crísipo, el hijo de su protector en tiempos en que Layo estaba fuera de Tebas en el reino de Pélopes. El adolescente es raptado y conducido a Tebas donde morirá. Pélopes maldice a Layo dándoles el funesto destino de que si alguna vez concibe un hijo varón este lo matará. Ya en el trono de Tebas Layo se casa con Yocasta e intenta evitar la procreación pues el oráculo de Delfos le ha confirmado que de tener un hijo este sería su ruina pues mataría al padre y yacería con su madre. A pesar de haber alejado a la reina de su lecho en una noche de embriaguez tiene sexo con ella y engendran a Edipo, quien hereda la funesta profecía. Con el fin de que no se cumpliera el recién nacido es enviado a morir a Corinto. Allí le conduce un pastor de Layo quien le atraviesa los talones para colgarlo de un árbol y dejarlo perecer. Un pastor de Corinto se entera del suceso y toma al pequeño de pie herido o hinchado (significado del nombre Edipo) y se lo entrega a los reyes de Corinto Pólibo y Mérope que eran estériles. Estos adoptan con entusiasmo al niño y le crían como príncipe heredero. Edipo, por supuesto, ignora su pasado y se cree hijo de los reyes del lugar. En la adolescencia oye rumores que cuestionan su origen y para saber de sí concurre, otro más, al Oráculo de Delfos que le confirma el vaticinio. Aterrado y perturbado intenta evitar la cercanía de quienes cree sus padres por lo cual huye del lugar y se cruza en una intersección de tres caminos, con un carruaje en el cual viaja un hombre de aspecto regio con una pequeña escolta. Un incidente del camino los enfrenta y Edipo, defendiéndose de un ataque mata al pasajero insigne que no era otro que Layo, su padre. Lejos estaba Edipo de suponer que intentando huir de su destino, se había encontrado con él. Su ruta lo conduce a Tebas donde encuentra a la famosa esfinge que aterroriza a la población y que exige que se resuelva un enigma que plantea o matará al pueblo. Edipo la interroga, la derrota, y en premio recibe el trono de Tebas, vacante porque el rey ha muerto en el cruce de tres caminos y la mano de la Reina: Yocasta. Reina durante años, tiene cuatro hijos: Polinices, Eteocles, Antígona e Ismena y en lo que cree el apogeo de su dicha una peste se descarga sobre Tebas trayendo muerte e infecundidad al pueblo. Las gentes acuden a su rey para que, como siempre ha hecho, los proteja. Edipo los recibe responsablemente y les dice que ya ha iniciado la investigación de las causas de la peste enviando a Creonte, su cuñado y hermano de Yocasta, a - ¿adivinamos? - consultar al Oráculo de Delfos. ¿PUEDE EL HOMBRE COSNTRUIR SU DESTINO? Es exactamente en este punto que comienza la tragedia de Sófocles. Con un Rey urgido por el amor a su pueblo, dispuesto a hacerse cargo de lo que le suceda, activo y preocupado por dar con los culpables y a no perdonarlos así se encontraran adentro de su palacio. No hay nepotismo ni concesiones en este gobernante. No hay excusas para que se evadan los culpables amparados. El camino que ha emprendido lo llevará ver lo no sabido. A comprender que no ha visto quién es realmente nunca. A odiar la ceguera que lo apartó de la comprensión de su historia. Esta pasión ciega por la verdad es el verdadero “pathos” de Edipo. Describir a un monstruo que no es otro que él. Lima dice que, por supuesto, los griegos sabían la historia y su culminación, pero no iban al teatro a ver qué pasaba sino cómo pasaba. Y la catarsis es el resultado de la compasión que da este asesino que se busca a sí mismo porque ha pecado. Pero claro, los dioses quedan en cuestión, así que Sófocles pone a sus personajes a cuestionar a los oráculos y sus veredictos. Otra vez Yocasta es la que pone en palabras el tema: “Así de claros fueron los oráculos en este caso, así de claros y así de falsos. Por eso te digo que no les prestes atención. Cuando un dios quiere algo, él nos lo hace saber directamente. ¿Por qué tiene el hombre que vivir atormentado por las predicciones, si no somos más que un objeto del vaivén de la fortuna y no podemos hacer previsión de nada? Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano habla de un tiempo en que los dioses antiguos ya habían caído y los dioses nuevos aún no habían llegado. Así que los hombres estaban solos, nos dice. Este es el momento de Edipo. Si los dioses no son confiables y sus sacerdotes puede fallar en sus predicciones ¿cómo saber cuál es el camino certero? ¿Puede el hombre huir de la predestinación y construir su propio destino? Sófocles no responde. Sería absurdo que lo hiciera. Pero todos reconocemos ese momento existencial en que quisiéramos saber cómo actuar. Volviendo al poema de Benavidez: Y de pronto se volaron la mujer, el vino, el fuego que sostenía las carnes: El temple del instrumento. El poeta pide, dice: Desatame de este enredo. COMO UN TORO EN LA ARENA Otra canción de Darnauchans (“Cuando escucho una canción de Los Beatles”) dice “Para doblar la vida como un toro en la arena” La bellísima puesta de Andrés Lima en el Teatro Solís nos enfrenta a una planta escenográfica de Gustavo Petkoff, en cuyo punto focal de fondo se aprecia el pórtico con frontón del palacio de Edipo. Hacia adelante y reforzando la perspectiva penden siete prismas rectangulares que irán iluminándose o apagándose a lo largo de la obra. Sobre el pórtico del fonde, como un tótem tutelar una estilizada cabeza de toro que nos hace pensar en los diseños de las esculturas minoicas, preside la escena. Para los griegos, el toro estaba fuertemente relacionado con el Toro de Creta: Teseo de Atenas tenía que capturar al antiguo toro sagrado de Maratón antes de enfrentarse al toro-hombre, el Minotauro (en griego ‘toro de Minos’), al que se imaginaba como un hombre con cabeza de toro en el centro del laberinto. Zeus adoptó papeles más antiguos y, en la forma de un toro que salía del mar, raptó a la noble fenicia Europa y la llevó, significativamente, a Creta. También hay rituales dionisiacos asociados a lo taurino, pero lo que une todo es que los toros indómitos simbolizan el desencadenamiento sin freno de la violencia. En el arranque el diálogo de Edipo con el Corifeo sobre la peste en Tebas es sustituido por unas líneas del Edipo de Séneca en las cuales el héroe ya se muestra preocupado, imbuido de una oscura premonición de no ser del todo inocente de lo que sucede en Tebas. Una percepción que hoy llamaríamos inconsciente de que su papel en la trama es denso. Así Fernando Vannet aparece en escena con un semblante crispado, atormentado, con los ojos enturbiados. La proyección de una cámara subjetiva bajo la mano experta de Miguel Grompone que enfoca y acerca a Edipo en sus monólogos, como una forma supletoria de conocer sus pensamientos, nos permite no perdernos detalle de su angustia. Las voces están microfoneadas, cosa extraña en las puestas de la Comedia, pero todo apunta a la intensidad. La tragedia estalla desde el paroxismo y resulta difícil percibir el camino ascendente de Edipo hacia la anagnórisis que será su ruina. El trabajo de equipo, una de las premisas de Lima, es visible por la armonía de los rubros técnicos y la trama, pero además porque, aunque los roles principales están asignados (Yocasta es Roxana Blanco, Tiresias es Gabriel Hermano, Creonte es Mario Ferreira, la Sacerdotisa es Lucía Sommer, la mensajera de Corinto es Claudia Rossi, el pastor de Layo es Daniel Espino Lara) de algún modo todos son todo. En esto el vestuario de Johanna Bresque tiene responsabilidad central. Negros, grises, texturas rústicas, plumas unifican una escena iluminada por Martín Blanchet quien recupera las variantes modernas del claroscuro barroco, como un poderoso Rembrandt. Una luz cenital apunta a veces al héroe, unas salpicaduras de luz roja tiñen la escena – tomada de Séneca- del sacrificio del toro (tremendo y estremecedor, rodeado de una especie de Ménades que describen el horror de un mundo invertido) donde los órganos no están donde deben y los fetos se engendran fuera de la matriz. Llamo la atención del espectador sobre el ingreso de Tiresias a escena. El célebre adivino ciego por excelencia del mundo griego ingresa a escena con la cabeza gacha, hacia adelante, exactamente como un toro que embiste. Gabriel Hermano nos adelanta con el cuerpo el caudal de furor que desatará su revelación. Otra presencia del color es una vestimenta roja que atraviesa el escenario en el suicidio de Yocasta. Otra vez la norma griega es violada. Las muertes ocurren en la tragedia en el área de lo obsceno. Son mensajeros o tritagonistas los que las anuncian. Aquí no. Yocasta se cuelga en medio del escenario, ante los ojos espantados del espectador que ve subir su cuerpo torturado con la soga al cuello. En el sonido la mano de Silvia Uturbey pone su sello permitiéndonos oír rumores, bocca chiusas, calientan la atmósfera. Pero el espíritu grupal no se altera. Cuando Yocasta reza, desesperada, por su esposo e hijo no se oyen las palabras de Sófocles sino que prosternada en el centro ella pide “Que no sufra” y el resto del elenco masculla junto a ella, arracimado y moviente, oraciones de todas las liturgias que podamos imaginar y que, seguramente, cada actor escogió: desde el Padre Nuestro a una oración celta. EL NÚMERO MÁGICO Así llama Lima al número quince. De hecho, el elenco está compuesto por quince personas en escena de una excelencia pareja. En una entrevista que le realizara José Miguel Onaindia al director en su programa La conversación , Lima se muestra asombrado del hecho de que exista un elenco oficial de tal envergadura y calidad que en Europa no parece posible. En este reportaje el director cuenta su proceso con el grupo que se nutrió de instancias similares a las que el Teatro de la Ciudad realizó antes de la puesta de sus tragedias en España. Encontró un eco muy favorable en los actores quienes a su vez encontraron provocativa y estimulante la propuesta de Andrés Lima. La selección de los quince actores surgió de ese trabajo previo y permitió llegar al número que Lima asocia con Sófocles quien aumentó el número de personajes que usaba Esquilo de dos a tres, los cuales sumados al coro de 12 coreutas resultaba en estos quince que aquí vemos. En la escenografía el número quince está anotado expresamente a través del palacio de fondo y de los dos conjuntos de siete prismas a cada lado que anotáramos antes. Sobre el escenario están las tarimas que como rústicos bancos o mesas permiten a los actores encontrar lugares de conversación. Ya que en este tema estamos anotemos que es en esta obra que aparecen los becados de la Comedia Nacional de este año. Recordemos que Gabriel Calderón reactivó las pasantías en la Comedia que estaban en desuso desde hace muchos años. También se dio la bienvenida a algunas de las nuevas incorporaciones que surgieron del concurso que el elenco oficial realizara para agregar nuevos integrantes a una plantilla que no se renovaba desde 2012. La nómina completa de los nuevos integrantes está en la página que indicamos como referencia, pero en escena ya vemos a Mané Pérez, Dulce Elina Marighetti, y a Joel Fazzi quien el año anterior fue becario y en este ya integra el elenco principal. También están es escena dos de los nuevos becarios: Andrés Marsicano y Diego Lois. En una entrevista con Nicolás Bistoletti Lima comenta: Sófocles es el padre del teatro occidental y se coloca en la posición del personaje, no es un autor omnisciente, sino que toma el punto de vista del personaje: el espectador debe quitar un velo de niebla sobre la verdad. (El subrayado es nuestro). Esta delegación de la “ciencia” de los acontecimientos en el espectador es el recurso al cual apunta el recurso central de la atmósfera: la niebla. Desde que empieza la obra se cierne sobre el palacio y los personajes espesa, viscosa. Los que no conocen el argumento de Edipo Rey (y son muchos) se debaten con los vaivenes de la trama tratando de resolver dónde está el criminal de esta obra que, Umberto Eco llamó “la primera trama policial donde el detective coincide con el asesino”. Un párrafo aparte para Fernando Vannet que tiene su primer gran protagónico, tan merecido. Siempre es un actor por quien apostar. Es carismático, versátil, tiene una voz hermosa y se planta firme en el escenario. No se equivocó Lima en su elección. A pesar de que, como señaláramos, el personaje empieza exasperado a lo Séneca, sostiene su crecimiento, se enfrenta con todos aquellos que cree que lo engañan, es capaz de debilitarse ante la sospecha de que yace con su madre, maneja la ambigüedad del vínculo mientras recurre a ella como hijo y la posee como esposo, y es capaz de hacerse cargo cuando descubre su hado fatal. Los ojos ensangrentados, como los del Toro en el sacrificio, se vuelven ciegos cuando finalmente ven no piden piedad ni por un segundo. El elegante Creonte de Mario Ferreira, el telúrico matiz de Gabriel Hermano en su adivino detonador de la crisis, se encuentran con un antagonista feroz que es capaz de derribar los bancos como Jesús en el Templo ante los mercaderes, para buscar la verdad. Cuando terminó la obra descubrí que Edipo ahora era nuevo para mí. Vi en él al gobernante que se hace cargo de los sucesos de la polis. Que no se justifica en sus antecesores ni persevera en la idea de la conspiración cuando esta ya no tiene sentido, que se pone de verdad al frente de la fila para cumplir cada una de las amenazas que prometió para el transgresor. El parlamento final de Daniel Espino Lara como el pastor de Layo provee un final diferente al de Sófocles y al de Séneca advierte que nadie puede llamarse feliz hasta su último día. Y por eso es que debemos aprender de verdad a vivir el momento presente si nos es grato. Destino, ¿Dónde me has traído? Mi voz crea nubes en la tiniebla inevitable, envolvente, inescrutable, inflexible, tormentosa. La voz de Edipo puede ser la de cualquiera de nosotros. Andrés Lima nos lo recuerda.

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